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viernes, 8 de mayo de 2009

El problema de la verdad.

El problema de la verdad, en los libros de texto de Filosofía de 1º bachillerato, adolece de cierta sistematicidad, se proponen una serie de concepciones que oscilan en número pero no aportan algún tipo de esquema que permita su uso para evaluar los modos de hablar verdaderamente, o como utilizarlas para distinguir las distintas prácticas científicas y su relación con la verdad. El siguiente esquema es sencillo pero intenta configurar mínimamente una apuesta por la complejidad de lo real y de lo racional.
El libro de Santillana de Adela Cortina en el tema que dedica a la verdad, en la introducción presenta los tres usos más determinantes para nuestra cultura: aletheia, emunah y veritas, el término griego antiguo de verdad, el hebreo antiguo y el latino respectivamente. Sin embargo, la definición de verdad se la debemos a Aristóteles y lo que aporta esta definición es la distinción de la proposición enunciada de aquello a lo que nos referimos en la proposición. Efectivamente los usos de las distintas lenguas son extraños a esta definición propuesta por Aristóteles, porque evita el carácter afectivo de los términos aletheia, emunah y veritas que como bien ha señalado Julián Marías pueden ser sustituidos por ilusión, confianza y veracidad. Estos términos pueden parecernos hoy útiles para la referirnos a la subjetividad de los individuos, pero cuando Julián Marías nos los presenta lo que está caracterizando es más bien el ethos (el carácter de una comunidad) de aquellos que hablan en griego, en hebreo o en latín. La característica principal de estos términos es que en el hablar mismo no se distingue lo que se dice de aquello a lo que se refiere, y esto ha de ser así cuando la verdad envuelve este componente afectivo. Si se hace visible la distinción entre el signo y la emoción, lo que se abre es un espacio para el juicio o la evaluación, ni siquiera un autor como Parménides distingue lo que dice de aquello a lo que se refiere, aunque en sentido estricto declarar nula tal distinción parece la condición de posibilidad para que un día Aristóteles la hiciera efectiva. En este sentido Parménides está hablando en el seno de una comunidad en la que la noción de verdad envuelve la noción de ilusión, pero su operación es altamente extraña, porque denuncia las falsas ilusiones. El discurso fúnebre de Pericles puede ser entendido en su forma como propio del hablar antiguo, sin embargo, Pericles ya no vive en la época de Parménides y aunque Aristóteles no ha nacido aún, en cierto modo el proceso parece irreversible y Pericles juega conscientemente con los efectos del lenguaje, que es una condición necesaria para diferenciar las razones de lo real. La verdad propia de estas comunidades sólo es posible entenderla si pensamos en un tipo de expresión poética o mítica, en la cual el logos es a un tiempo realidad y razón. El paso del mito al logos puede ser visto, de esta manera, como la separación de aquello que es meramente racional (en realidad lo racional lo entendemos como la evaluación de las proporciones al margen de su presencia en las cosas – así pueden ser vistos los teoremas de Pitágoras y de Tales) de lo real, pero este paso sólo puede saberse en qué consiste en la obra de Platón, en la que el mito se recupera diferenciándolo del resto de los diálogo que presenta, en las obras de los autores anteriores a Platón el paso en cuestión se está realizando, y es Parménides que negándolo (entendiendo esta negación como la negación entre pensar, ser y hablar), lo posibilita.
Entonces, la relación íntima que mantienen verdad y realidad los usos de los términos aletheia, emunah y veritas, lo que no se problematiza es la realidad que está envuelta en la expresión misma (en realidad no puede considerarse indistintamente los tres usos ya que hay diferencias) y su forma no puede ser otra que la poética. El modo de hablar poético permite distinguir la realidad de la que se está hablando pero sólo para aquellos que comparten ese modo de hablar. Para un extranjero esa operación no es posible, los primeros filósofos milesios son como extranjeros en tierra propia y su foraneidad consiste en evaluar los modos de hablar. Sin embargo, lo que es evidente es que los modos de hablar nunca pueden dejar de remitir a unos efectos que son propios del hablar común como generar ilusión, confianza o exigir veracidad. Esta función del lenguaje es irreductible, al menos en los llamados lenguajes naturales.
El modo de plantear el problema de la verdad que realiza Aristóteles tiene una triple dimensión: la relación entre razón y realidad; el problema que se construye y se plantea en el mismo plano racional, aquí Aristóteles recoge sobre todo la tradición aporética que es propia de este plano; y por último el plano que problematiza la realidad misma. Los tres planos pueden ser tratados independientemente, pero el propio que aborda la cuestión de la verdad es el de la relación entre razón y realidad, y lo que salga en cada caso, envuelve una concepción de racionalidad y de realidad que podrá estar más o menos explicitada.
Volviendo a los libros de texto las tres acepciones más recogidas son las de coherencia en las que se pondría el acento en la parte racional y que la relación con lo real no es más que lateral; correspondencia que es la enunciada por Aristóteles en la cual la diferencia es clara para indicar principalmente aquello a lo que nos referimos y que tradicionalmente en tiempos de Aristóteles había quedado envuelto en el uso de la comunidad. Tanto en un caso como en otro la operación que se está realizando es la de minimizar el componente subjetivo o afectivo. Sin embargo, la tercera acepción entendida como éxito (o pragmática), reivindica una vuelta a considerar ese componente afectivo, al menos para aquellos usos en los que inevitablemente, como ya decíamos era irreductible.
Las consideraciones que de aquí se derivan serán tratadas en una entrada posterior.